EL RÍO.9.Usos y costumbres. Otra botella en la pared



Uno

Terminaba el año 60 y terminaban los arreglos en la que sería mi casa. Los carpinteros, un hombre mayor y un aprendiz terminaban de levantar un pequeño tabique que en la galería separaría lo que por un lado sería la puerta de entrada a la vivienda –doble puerta vieja reforzada con una chapa de hierro lisa- y el rincón donde iría el calentador de hierro, todavía no adaptado a gas.

Entonces llagó mi padre con lo necesario para participar de una ceremonia elocuente: había que colocarle a la casa su corazón, y este no sería otro que una botella de tinto, de ese que se compraba al granel desde la misma pipa del barril, pero eso si: con el corcho protegido por una cabeza de lacre, esa que prolijamente mi padre terminó de esculpir al calor de una vela y ante la curiosidad de mis ojos de niño.

Los carpinteros esperaban su pequeña recompensa, había otra botella igual que pasó rápidamente de boca en boca de los adultos hasta agotarse. Yo no estaba en edad de saborear lo que a ellos les deleitaba, pero si me advirtieron que quedaba como testigo de la ceremonia, y que con los años no debía olvidar donde estaba el “corazón de la casa” y en caso de realizarse una reparación que la descubriera debería compartir el vino con los carpinteros del momento, y repetir la ceremonia...

Dos

Yo era un chico de cuidar mis juguetes pero con algunos había tenido mala suerte. Un número importante de ellos, los correspondientes a mi primera infancia, había sucumbido a los esmeros de algunas primas. Eran muñecos de goma, de esos que tenían un pitito en la parte inferior, pitito que sonaba quejoso cuando se lo apretaba y transitaba de adentro para afuera un caudal de aire.

Algunos de ellos ya habían perdido su musicalidad porque yo en mi curiosidad, con mis dedos mucho más pequeños había procedido a meter el silbato para adentro, y no había forma de sacarlo. Pero el problema fue que las primas procedieron a llenar una bañadera e hicieron del hecho, y con jabón Rinso, un lavado general con consumió la consistencia de la goma, en otras palabras se pudieron casi de inmediato.

En medio de mi angustia se salvó uno solo de ellos: Fermín: un corderito de jardinero azulino, que con su pitito hundido me acompañaba a la hora de dormirme.

Vaya a saber en que andaba pensando cuando, tira a Fermín para acá, tira a Fermín para allá, este fue a caer dentro del espacio de pared que se estaba cerrando y donde quedará apresada por un tiempo inimaginable  “el corazón de la casa”.

Cuando se dio el hecho alerté al menor de los carpinteros pretendiendo que desclavara un par de tablas y lo sacara. Yo había intentado llegar con mi pequeña mano y mi delgado brazo en incómoda posición pero no había conseguido sacarlo. Pero el muchacho no fue solidario con mi preocupación. Me miró con ojos de vino, y terminando rápidamente el claveteo me consoló diciendo que ahora “el corazón” tenía quien lo cuide.

Sobre las tablas vino un revestimiento marrón, que se llamaba técnicamente “celotex”, y allí a cierta altura seguía presente ante mis ojos imaginantes el Fermín, que por lo que habían dicho la punta de mis dedos había caído de cabeza. 


Tres

El golpe de estado de 1976 llegó como si no lo estuviésemos esperando. Mi primera reacción ante la noticia fue no levantarme. La siguiente pensar en que podía llegar a pasarnos, a pasarme.

Como no nos pasaba nada-no éramos ni lo peligroso ni lo importante para que nos vinieran a buscar- decidí tomar algunas prevenciones del caso: había ciertos escritos que debían quemarse. Libros, revistas..

En el patio, del lado de la quinta había un tacho en el cual parte de la basura se quemaba para luego abonar la tierra. Mi paquete correría la misma suerte. Si fuera por mí que importaba, pero yo no podía comprometer a mi gente...

Pero mi padre me vio y me arrebató el paquete, me mandó adentro y al rato volvió diciendo que ya estaba listo. Yo pensé que me había evitado gentilmente ser el verdugo de tantos pensamientos afines, y que había evitado que se me viera desde el vecindario en tareas que no me eran propias, y por lo tanto sospechosas.

Esa noche papá trajo una botella de vino Canale, tinto, y me apuró a compartirla entre los dos.

Cuatro

Mi padre falleció el día de San Cayetano de 1979. Dos o tres días antes de morir me llamó para pedirme con su ya débil voz por mi madre, como si desconfiara que me ocupara de ella. Después me pidió algunas disculpas innecesarias que irían de la mano con algunas cuestiones de conciencia suyas, y me confió algunos secretos, no todos lamentablemente, sobre su vida, sobre su comportamiento. Hasta que al final, con una sonrisa que no se como sacó a relucir en tal duro trance, me informó en el galpón, en el forro de la pared detrás de la fiambrera estaban esperándome mis libros prolijamente protegidos envueltos en un viejo mantel de hule y en una bolsa de cemento.

Cinco

Dos primaveras más tarde trabajaban los carpinteros en una ampliación de la casa cuando llegando a cierto tramo de la pared les pedí la barreta y les conté la primera parte de esta historia. Íbamos a descubrir el corazón, un tinto de veinte años. (iba a recuperar a Fermín); pero no había tenido en cuenta que en el interín la casa había experimentado un traslado y el movimiento había trizado finamente la botella en diversos sentidos. Por eso cuando saqué la tercer tabla apareció en medio del polvo con su silueta rojiza, pero cuando fui a tomarla del cuello me quedé con el lacre en la mano, mientras el vino se convertían en una leve cascada que se filtraba hacia el piso. Uno de los carpinteros, el mayor, mojó sus dedos en el torrente y afirmó que no se había picado. Yo simplemente seguí buscando, por allí debía estar Fermín, pero todo era polvo.. a no ser por una pequeña membrana de metal que tal vez fuera el pitito.. que ya no sonaba más. Al muñeco se lo había consumido el tiempo.

Seis

El 30 de octubre de 1983 se volvió a votar en la República Argentina. Y yo había sido candidato, y por sumatoria de voluntades: concejal electo en mi Río Grande.

Lo tiempos estaban cambiando.

Una de esas tardes, de vuelta a mi casa, pasé derecho hasta el galpón que estaba tremendamente abandonado desde que se perdiera su dueño. Con una barreta pequeña que levanté de un esquinero descolgué la fiambrera que desde hace un tiempo protegía algunas latas de pintura y me encontré con entablado que fuertemente claveteado me ofreció muchas más dificultades para retirarlo. Allí fue apareciendo la bolsa de cemento, pero para desazón mía no me iba a encontrar con mis Ortega Peña, mis Hernández Arregui, mis Armand Mattelar.., las ratas se había mentido por la pared de ondalit y se habían alimentado de toda esa pulpa dejando en su lugar abundantes excrementos.

El riesgo había sido en vano.

Ya estaba por dejar todo como estaba, cuando pensé que mi padre en igual circunstancia hubiera vuelto a colocar la fiambrera en su lugar, y en eso fue que pude descubrir allí cerca de donde había estado alguna vez mi tesoro literario una botella de tinto Canale.

Los tiempos habían cambiado, y yo no tenía con quién compartir aquella herencia.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Mingo!

¡Excelente! Muy emotivo, y me gusta cómo está contado, en forma de breves capítulos. Capítulos que marcan momentos. Sinceramente me agradó mucho cuando lo leí en la edición de papel (gracias!). Su lectura va llevando a distintas sensaciones; surgen pasajes que dan lugar a la emoción, a la reflexión.

Buenísimo que ahora este texto que vio la luz hace un tiempo, ahora también forme parte de tu blog.

Un abrazo Mingo !
Hernán (Bs. As.).-