POSTALES de viajes al fin del mundo.


Editado por OJOSVISTA publicaciones, hace casi unos tres años. El libro trae la presentación de la historiadora María Teresa Luiz y el fotógrafo Gustavo Groh, ambos de Ushuaia.

Trecientas páginas y más con postales de época, y textros de Pavel Oyarzún, Dánae Fiore, Ernesto Luís Piana, Mónika Schillat, Jorge Rabasa, Peter van Aert, Carlos Pedro Vairo, Natalie y Anne Goodall.

Imágenes que perteneces geográficamente a Chile y Argentina, y entre ellas media docena en el norte fueguino; tomadas en su momento por el Dr Lehmann Nitsche.

Las postales fueron un vehículo de información sobre el mundo que buscaba conocer sus confines y su heterogeneidad, y sobre las cuales el viajero dejaba improntas que hoy sirven para develar identidades y explorar transformaciones; como en este caso: entre fines del siglo XIX y principios del XX:

Carlos, un caballero... Un relato de Eduardo César Petrizzi


La Tati después del Cholo quedó medio turula, porque él se le fue con la pava eléctrica  con la que habían compartido tantas mateadas matutinas, el colador de los fideos, la plancha con el cable largo y el abrelatas, dejando una nota donde le hacía entender en  acto de despecho, que se llevaba  esas cosas porque las sentía como suyas y que ella era solo un mal recuerdo, porque a él no lo acompañaba en muchas cosas íntimas que ella nunca entendería. “Ya no soy tuyo. Tu ex, Cholo”- firmó al final.
La Tati hizo memoria de la cosas  íntimas y no recordaba ninguna  donde  él se entregaba de cuerpo y alma como le exigía a ella, pero no quiso torturarse, y para darse compañía, dejó la radio prendida hasta  la trasnoche de aquel fatídico día. Pero esos recuerdos ya tenían cuatro años. Un lunes  llegó su vecina, La Susi, y le dijo: “¿Por qué no te anotás para atender un puesto en la kermese que van armar en la placita, a beneficio de la iglesia? Es este sábado a la tarde”, porque a la Tati la veían todavía dándose cuerda con los recuerdo circulares del Cholo, pero igual contra su voluntad arrancó con un “sí, me voy a anotar”, y ahí cerró trato con la Susi para que la tuviera en cuenta en el listado de ayudantes.
Llegó el sábado y la Tati se puso una ropa acorde pero insinuante, lo que insinuaba era la parte de arriba que a ella le costaba ocultar, y ahí se fue al puesto que le habían asignado: era uno de esos  donde lo chicos y  lo grandes  se empecinan en tirar unas latas con tres pelotas de trapos para así poder llevarse una muñeca o una bolsa de caramelos. Lo extraño fue que el puesto apenas abrió ya había cola, porque la Tati era parte del espectáculo, más de uno quería voltear las latas conjuntamente con la Tati, pero eso era otro tema.
Y así iba pasando la tarde entre ruidos de latas y genuflexiones de la Tati, levantando las pelotas de trapo que al agacharse se confundían con sus voluptuosidades. En general eran niños traídos por sus padres y padres interesadísimos en coronarse campeones olímpicos en el volteo de latas  aunque no hubiera premios… para ellos el premio era ver el paisajístico cuerpo de la Tati.
La tarde estaba cayendo y quedaban pocas personas en la fila, ya cerraba la kermese, algunos puestos ya habían bajado sus cortinas de tela. Alguien  se asomó  en la fila con intención de irse, tal vez para no incomodar, pero la Tati al verlo le dijo: “Quedesé, puede jugar”. El hombre aceptó con una  sonrisa, y fueron pasando otros tiradores, algunos con suerte y otros con  muy mala puntería. Y ahora le tocaba a Carlos, el  invitado a quedarse tendría su turno. La Tati le puso en la mano las pelotas de trapo, sus dedos se rozaron, ese roce vino de la mano de una mirada, esa mirada de un segundo duró un  siglo, él apuntó a las latas pero mirándola a ella. Las tiró todas. Ahora le tocaba el premio. Pero cuando La Tati fue a la caja donde habían depositado  los premios, sólo vio una bolsa de caramelos. Él le había pedido una muñeca para su sobrina, por lo que La Tati sintió el apuro de quien tiene una deuda impagable. Se miraron lamentándose, ella no sabía cómo pedir disculpas, a él se le ocurrió que podía pasar mañana para retirar la muñeca, pero la Tati le dijo que la kermese sólo duraba ese día, entonces él le propuso ir a buscar el premio a la casa de ella al día siguiente (pensó que era un tío interesado en sorprender a una sobrina), ella asintió y  quedaron a una hora señalada para la entrega del premio. Para Carlos  las horas duraban días, y el día siguiente llegó, y luego la siesta y luego el corazón anunció que él y Carlos estaban frente a la puerta de la casa de la Tati.
“Toc, toc” retumbó la puerta de calle contigua al comedor de la Tati. Se escucharon unos tacos que repiquetearon en el alma de Carlos: “Hola” al unísono se dijeron. Ella lo hizo pasar, él entró, miró el comedor, luego la siguió por un pasillo y terminaron en la cocina. Ahí estaba el regalo, era una muñeca enorme con bucles y vestido rosa, ojos celestes y labios rojos de fuego… Miraron la muñeca y se miraron. La Tati esperando algo sin actitud de espera, le dijo que la sobrina iba a ponerse contenta con el regalo, un comentario tonto para dilatar el tiempo y poder seguir permaneciendo en esa cocina que se había transformado en una lugar privado, donde las miradas quemaban. Finalmente, la Tati le dijo: “¿Te la envuelvo?”  “Bueno, si tenés papel de regalo te ayudo a cubrirla”.
Ella fue al comedor y trajo una hoja enorme de celofán floreado, lo extendió en el suelo, los dos se arrodillaron, tomaron  los  extremos  del papel, en cada punta del papel las manos desfilaron juntas, luego la otra mitad del envoltorio, y a pegar con cinta. Cuando fueron a cerrar los costados, las manos se chocaron y  ellos se miraron y así quedaron congelados por ese minuto que duró  miles de segundos.
Carlos rompió esa quietud con una súbita invitación a cenar, la Tati dijo que no, pero queriendo decir que sí. Carlos insistió con un comentario que tal vez hiciera cambiar la voluntad de la Tati.
-¿Sabés? - le dijo - hay un restorán donde sólo existen mesas para dos, no tendría  sentido ir a cenar solo y poner una copa en tu lugar vacío. ¿Me acompañás? Y la Tati respondió: - Siendo así, voy a ocupar la otra silla. ¿Me esperas?, me arreglo y salimos. –Ok - asintió Carlos, y la Tati cerró la puerta y pensó en  segundos qué mezcla explosiva elegiría como vestuario.
Salió la Tati envuelta en un vestido rojo, con medias negras y collar que en la mitad de su recorrido desaparecían diez perlas entre sus  ondulaciones frontales. Carlos tosió.
Salieron de la casa y en el auto se relajaron. Si había algo que primaba en el ambiente, era la caballerosidad de Carlos: desde abrirle la puerta de su cupé convertible alemana, hasta todos los detalles que forman parte del  ejemplo de lo que es un experto anfitrión en esas ocasiones, pero  se notaba que esa caballerosidad era el deporte que Carlos mejor jugaba. La Tati pensaba: “Qué caballero que es Carlos”.
La velada  se desarrolló entre burbujas  de rubio champagne y atención permanente de Carlos a su compañera, sería una noche larga, ya que luego ameritó una copa de vino con vista al río, invitación a la que la Tati no pudo negarse, pues fue envuelta por esa  nube glamorosa que la trasladaba de una  situación a otra, y las horas pasaban entre festejo y emoción, y  la madrugada los encontró abrazados en el auto camino a la casa de él, con la excusa de un café caliente aromatizado con un cognac avainillado y añejo, el  que embriagaría algo más a la Tati  y sin saber cómo  se vio abrazando la piel de Carlos quien, entre versos de Rubén Darío, ronroneaba en el oído de su dama. Ella no podía creer que estaba siendo la protagonista de una noche hollywoodense. En el giro de los abrazos y las sábanas perladas de satén se calentaron  los cuerpos, Carlos seguía hablando en forma distractora, tal vez por algo  que la Tati no podía percibir en la bacanal velada que estaba viviendo, pero los hechos se precipitaron y los besos fueron abruptos y desordenados y las manos se pusieron inquietas y las de la Tati  se dirigieron a un lugar inevitable. Él con esa caballerosidad que lo identificaba, sacó la mano de la Tati de su entrepierna, pero la Tati volvió y Carlos giró y en ese movimiento, la sábana se deslizó y como si una fuerza paranormal sin presencia de nadie que la traccionara, la tela mostró los cuerpos de los amantes y en ese instante ella vio lo que nunca había visto en su vida, una película rápida pasó por su mente y un muestreo de sexos masculinos desfilaron como un drone sobre un maizal y con la misma velocidad la comparativa de tamaños, pero algo tan micrométrico hizo palidecer a la Tati. Él lo percibió y le dijo: “Voy al toilette”. Un triste “Sí” contestó  ella. Fue un segundo y él volvió, pero ambos ya estaban vestidos, él con una robe de chambre al tono de sus pantuflas con intención de solamente seguir charlando y ella con su cartera en mano y en la puerta del dormitorio diciendo “se me hizo tarde”, mientras pensaba, Carlos es caballero, pero sólo eso. Y entre un sollozo de decepción,  la Tati llegó a su casa, y en la tele daban una de besos, que ella no quiso ver.   
 
                                      



Una niña del frigorífico. Memoria de Pilar Yensen.


Promediando el mes de julio concurrí a casa de Pilar, en el barrio 2 de abril. Era una experiencia en el marco de lo que dimos en llamar "Por la alegría de estar juntos". Cada noche visitaba una casa de distintos oyentes de nuestro espacio radial, y departíamos vivencias sobre lo que nos había tocado vivir.

Del encuentro con Pilar, su hermano y su hija surgió un impulso. ¡se prendió la mecha! y con ello mucho ha avanzado el trabajo de refrescar memoria por aquella pequeña que por los 60 vivía del otro lado del río.

Hoy hacemos un anticipo, pequeño, mientras abundan sus escritos, sus conversaciones con protagonistas de ese ayer, y algunos relevamientos visuales.

Auguramos a la experiencia de Pilita un futuro auspicioso.            


Mi abuelo materno Vicente Bernachia, era electricista en el Frigorífico, esta su foto en la tapa de un libro, en la casa de administración. No tuve la suerte de conocerlo!! El, vivió en la casa que después fue nuestra.
             Para que te ubiques en espacio, mi casa quedaba en el  medio del callejón. Si te paras al inicio del callejón, a mano izquierda quedaba mi casa. Paredes amarillas de chapas acanaladas y techo rojo.
            Comenzando del fondo, de la mano de mi casa estaban los Legunda. Pablo era enfermero. Luego en esa misma casa vivió la familia Soto. El sr. Luis Alberto, Trabajaba en la usina y hacía de sereno, la esposa, Doña Juanita y los chicos Luis Alberto Y Víctor Hugo. Luego, la familia Bontes, el carpintero, le siguieron los Solan y luego los Barragan.
              En la casa siguiente vivieron Los Faletti que fueron mis padrinos de bautismo. Recabal cuando recién se casó, Raquel Andrade y su hermano Roberto, luego Mirko y más tarde la familia Marchesine. Cuando los Marchesine se fueron, Mirko volvió a la casa.
             También recuerdo que en esa casa funciono la escuela, porque ahí inicie mi jardín de infantes a los 3 años, porque la Sra de Havelca, nos escolarizaba muy pequeños así que eso aconteció en el año 1967.
             Mi Srta. Se llamaba Josefina Muñoz, era esposa de un militar del Batallón N°5. La escuela se llamaba” Escuela N°4 Remolcador Guaraní”. Cabe recordar, que el BIM N° 5 eran padrinos del colegio.
            Después venia mi casa y a continuación, la que vivió Mirko, Gambarruta después que se quemó su casa frente a la ruta 3, al lado del guardaganado que iba  a la casa de administración. Y Recabal después que nacieron los hijos.
            La siguiente, Ramón Oroz de profesión hojalatero y su Sra. Ana, sus Hijos Mónica y Ramoncito. En  la de la esquina allí vivió Alejandro Cejas el fotógrafo, con su Sra. Doña Berta, por ese tiempo portera de la escuela, sus hijos, Juan Alberto y Alejandro. Posteriormente, José Menéndez, su esposa Angélica y su hijo Pepito. Luego  Otey el enfermero y con los años Pedro Rossi que trabajaba en la administración y su esposa Graciela Valverde que era profesora de música. Sus hijos Marcelo, Patricia, María José y María  Fernanda.
             De la mano de enfrente, siempre viniendo del fondo, los Ampuero si no me equivoco, Don Adalio trabajaba en los corrales, allí vivía con su suegra, su esposa y sus hijos Ana, Olga, Juan Carlos y María Angélica. Con los años vivieron Jose Zapata, policía, y Olga Gallardo, hermana de Matute Gallardo, Tato y Tina. Y los hijos de Olga, Maria Cristina, Graciela y Eduardo. Con los años nacieron Bety y Claudia Zapata.
            Al lado, frente a nosotros, Los Torres. Don pancho y doña Carmelita, que también vivian con don Sixto y doña Rosa, padres de don pancho. Y mi querida amiga de la infancia, la Esterlina. Muchos años después, vivió Oscar Odriozola y luego Luis Maria Bullrich y sra.ella era de apellido Miguens.  
            La siguiente casa, era la de Diana Cotorruelo, Directora del colegio y Danilo Havelca su esposo. Con sus hijos María Alejandra y Pablo Hans, después vivió la familia Valgrana, no me acuerdo que hacia el hombre. Con los años Samuel Andrade y aun continúa viviendo allí.

            Y por último  en la esquina, Portolan con la Pina y la Irma hasta que se casaron. Después, Eleuterio  Cifala, su esposa Gladys y el pequeño Diego. Los últimos vecinos del lugar, los Greffo, y la familia González. Esos éramos los vecinos del callejón.  


José David Coihuin y EL CALEUCHE. Un escrito de Mary Estela Cosentino.

Desde que llegué a Río Grande, el 1 de noviembre de 2002, escucho a diario vocablos que me resultan desconocidos.
Siempre digo que aquí, somos todos extranjeros debido a la mezcla de colectividades y razas; por esta razón, nos encontramos frecuentemente, ante expresiones que no comprendemos.
Hay veces, en que mi interlocutor me inspira confianza, entonces, pregunto.
El tiempo, que todo lo descifra,me proporciona día a día, conocimientos nuevos. En particular, hoy debo agradecer a David, porque de él, aprendo muchísimo.
Disfruto tanto escuchando sus historias, que el tiemo me resulta insuficiente. Le he preguntado qué significa "caleuche", una palabra que ronda desde hace bastanteen mi cabeza.
La sabiduría que atesoran los años de David, realmente me fascina. Gracias a él, hoy sé que es "el caleuche": barco fantasma que emerge y desaparece en las aguas del mar.
Pone un énfasis muy especial, cuando afirma que eus historias son verdaders, que no es mitología, que él vio al caleuche en oportunidades como esta: Siendo aúnmuy niño, paseaba por la orilla del mar, en Quéhue.
Diariamente , cuatro jóvenes pescadores, soltaban las amarras de su barca y lanzaban su red al mar. De pronto "el pique" era tan pesado que se les hacía difícil subirlo a la embarcación. Tanto peso correspondía a una tonina de unos cincuenta kilos. Dos de los jóvenes, sugirieron devolverla al mar, los otros dos, saboreando las felicitaciones, que recibirían por haber atrapado tan preciado trofeo, decidieron lo contrario.
Dado el tamaño del crustaceo, decidieron trozarla en cuatro partes para facilitgar el traslado. La sorpresa que recibieorn al hcer los primeros cortes, duplicó su asombro.
Ante sus ojos, no aparecía la carne que tanto conocían sino una especie de gelatina. Así es que se retiraron del lugr, dejando su presa abandonada.
Al día siguiente, se echaron nuevamente al mar, y de pronto, vieron acercarse una lujosa embarcación, muy iluminada, pero sin rastros de tripulación. Como con una aspiradora, los pescadores fueron absorbidos hacia la nave que desaparieció inmediatamented.
Refiere David que El Caleuche, puede visualizarse bajo distintas formas: como barco que aparece y desaparece, como tronco de árbol, como pez grande, o como lo que seríamos incapaces de imaginar.
Al final de etas charla, coincidimos en un interrogante: El Caleuche ¿es un barco fantasma? ¿Transporta seres extraterrestres?
De lo que David no tiene ninguna duda, es que él lo ha visto, y que nadie le discuta que es mitología, porque está muy lúcido.

El sábado 13 falleció JOSE DAVID COIHUIN, era el más antiguo de los ocupantes del Hogar San Vicente de Paul

En su recuerdo publicamos un Reportaje realizado en noviembre de 2005, por MIGUEL VAZQUEZ, trabajo que forma parte del libro RIO GRANDE y su gente, que puede ser adquirido en la redacción de EL SUREÑO.


con las ventanas cerradas (y luz interior)


José David Coihuin Coihuin, nació en la isla Quehue, del archipiélago de Chiloé, Chile. Desde los 17 años vive en la Argentina. En el año 1949 llegó a Río Grande, y luego de un año se fue a Ushuaia. Como peón de campo, la esquila, el arreo y las tareas rurales no le son ajenas. Trabajando de alambrador tuvo un accidente que a la postre le hizo perder la vista. Hace más de 30 años que vive en el Hogar de Ancianos San Vicente de Paul, sitio al que siente como su propia casa. Amó la vida al aire libre y añora el mar. Con un relato sencillo, lleno de vida y luz, nos conduce por la patagonia de un tiempo pasado.



¿Qué recuerda de la zona donde nació?
Es una zona donde son todas islas, está todo rodeado de mar y los que viven en la costa se ocupan de la pesca, en agarrar centollas, pescados, casi todos tienen sus embarcaciones y sus redes para trabajar, mis padres se dedicaban a eso, pero igual tenían terreno para sembrar, pero se ocupaban en la pesca también, porque todos los que viven en costa de playa tiene su bote para pescar, y se pesca la sierra (NR: Pez marino comestible de un metro de longitud, sin escamas, que tiene a ambos lados del cuerpo dos líneas de color amarillento pardo y manchas ovaladas del mismo color), el curel, son los que más se pescan.
¿Qué clima tiene?
Hace calor, pero es muy llovedor, llueve mucho, en el tiempo de verano llueve mucho, pero no es frío.
¿De chico le enseñaron el oficio de la pesca?
Si, de cuatro o cinco años yo ya andaba en ese trabajo, andábamos con mis otros hermanos, nosotros éramos 11 hermanos... mis padres eran primos.
¿Por qué decidió salir de la isla de Quehue?
Se me dio como se le da a todos los jóvenes, algunos conocidos decían yo me voy en tal tiempo y otro los mismo, y yo hice igual, me vine para acá en el año ’41, y no volví más para mis parajes, tenía 17 años.
¿Había tenido algún estudio en la isla?
Muy poco, porque teníamos el colegio lejos, en la misma isla de Quehue, pero es una isla grande, hay tres capillas en la isla, no recuerdo cuantos habitantes éramos, pero hoy debe ser igual porque la gente no para allí, se va.
A veces iba al colegio, iba uno o dos días y después ya nos tocaba trabajar en la agricultura.
¿Qué cultivaban?
Se sembraba el trigo, la papa, la avena, habas, arvejas, de todo, eso era para consumo propio, y teníamos una yunta de bueyes y una o dos vacas.
Cuando salió de Quehue, ¿qué rumbo tomó su vida?
El 16 de agosto del ’41 me fue de Quehue y el 18 de septiembre entré a la Argentina con 17 años, en la parte de Cañadón León, que hoy en día es Gobernador Gregores, entré por allí y me vine a San Julián, salía a las comparsas de esquilas, en ese tiempo en San Julián había 32 máquinas de esquila, porque había mucha esquila en ese tiempo,
Cuando volvíamos de esquilar, íbamos al trabajo del frigorífico, y luego íbamos al campo a pasar el invierno, nos juntábamos dos o tres compañeros y andábamos en campamentos, se agarraban liebres, había muchas, y cazábamos también zorrinos, zorro gris, había mucho zorro gris, el que había poco era zorro colorado, ahora hay más.
Cuando ingresó a la Argentina era menor de edad, ¿en esos tiempos no se pedían documentos?
Uno andaba trayendo su documento, y cuando llegaba a una estancia si había trabajo le daban, trabajaba por día o trabajaba mensual, me acuerdo que en esos años pagaban mensual 22 pesos, y no alcanzaba para nada, y si se portaba bien le pagaban dos pesos más, y uno trabajaba en la esquila, en los baños de animales, en las marcas, y le pagaban tres pesos por día.
¿Había cruzado a caballo a la Argentina?
Sí, me vine de a caballo con un primo, cruzando la cordillera por Balmaceda y vinimos a salir en Santa Cruz en la dirección de Las Heras, tardamos hasta llegar a San Julián como un mes, ya que veníamos trabajando por día, luego caminábamos un par de días y cuando había trabajo en una estancia pasábamos a trabajar en la señalada o en los baños.
¿Mucho tiempo estuvo en San Julián?
Sí, ahí salía a la comparsa, salí dos años de vellonero y después aprendí a esquilar, salí dos temporadas en la prensa, para el prensado de la lana, y luego el encargado, un uruguayo, me dijo que al otro año no salía con la prensa sino que salía a esquilar, ya había aprendido a esquilar, en el primer año llegué a 190 animales por día, y después me vine para estos lados.
¿Cómo surgió el continuar camino hacia el sur?
Había yo bajado a San Julián de la esquila y andaban buscando tres rasqueteros para el Frigorífico de Río Grande, rasqueteros para las tripas, la tripa delgada del cordero, de la oveja y del capón.
¿De qué año estamos hablando?
Del año ’49.
¿En qué se vino y con quién?
Nos vinimos tres compañeros, de San Julián hasta Gallegos nos vinimos en colectivo y después en un avioncito que había para 11 pasajeros, así nos vinimos y estuvimos trabajando en el Frigorífico de rasqueteros, y luego me dejaron de salador de tripas, en ese tiempo se trabajaba mucho la tripa y luego se la enviaba a Alemania, la tripa valía $1.- el metro, se usaba para hacer salchicha.
Recuerdo que se hacía una mesa larga de 11 metros, porque el capón tiene hasta 22 metros de tripa, y la oveja más o menos 20 metros y el cordero 18, la tripa del cordero es sanita íntegra, se limpia y todo sirve, la de la oveja la mitad y el resto por el pasto viene picada y eso no se puede vender, y la del capón es más firme.
¿La paga era buena?
En ese tiempo nos pagaban bien, cuando nos pasaron a buscar en San Julián los Jefes que trabajaban acá en la tripería nos dijeron que nos pagaban $750.- por mes, y allá uno trabajando toda la temporada en el campo no alcanzaba a ganar 100 ó 120 pesos, y yo le dije a mis otros compañeros que me venía y ellos no creían, “qué le van a pagar esa plata” decían, “si eso no lo gana ni el gerente de La Anónima y a ustedes le van pagar 750 pesos, mire como lo hacen leso (NR: en Chile significa tonto, de pocos alcances)”; pero yo dije que me venía, y vinimos con un tal Lindor Alderete, y otro muchacho del que no recuerdo su nombre, está en Ushuaia.
¿Recuerda cómo era Río Grande cuando llegó?
Acá no había casi nada, era todo tierra, las calles eran pocas, lo que había era mucho trabajo, la gente trabajaba en la leña, en los aserraderos, estaba el trencito que iba a la estancia y bajaba la lana, y después de la temporada me fui a Ushuaia.
¿Por qué se quiso ir a Ushuaia?
Me fui porque terminó la faena del frigorífico, estuve un año nomás y me fui, nos fuimos a Ushuaia de a caballo, porque no había paso por ningún lado, había que ir de a caballo, el primer coche que pasó fue en el ’52, un coche alemán que en el agua era bote y en tierra era coche, y después pasó un jeep del Ejército, pero le costó pasar en la cordillera, lo pasaban a la rastra, había mucha turba, le metían palos, los rollizos se iban para abajo, cuánto trabajo...
¿Y qué hizo en Ushuaia?
Conseguí trabajo en un tambo de la Marina, un día andaba caminando en la calle y un capitán en un jeep se paró me hizo señas, y yo fui y me habló, me dijo si quería trabajar en un tambo, le dije que sí, y me mandó que fuera al otro día al Hospital, me dio un papel y me fui, en el Hospital hablé con dos médicos, me revisaron, me dijeron que andaba medio jodido de la vista y que no podía ir a trabajar, pasaron dos días y andando otra vez en la calle me encontró de nuevo el capitán, me tocó la bocina del jeep y me preguntó ‘¿qué le dijeron?’, le mencioné que no podía ir a trabajar, sacó un papel, hizo unas rayas y me dijo que fuera otra vez, fui a ver los doctores, miraron el papel y dijo un doctor, ‘bueno, vaya a trabajar nomás, donde manda capitán no manda marinero’, y me fui a trabajar y trabajé como 9 años en el tambo de Marina.
¿Cómo era el trabajo en el tambo?
Duro, allí no paraba nadie, porque se peleaba el encargado con la gente... en ese tiempo no había luz, tenía que prender cinco (faroles) petromag, hacer la limpieza, había 60 vacas para alimentar y ordeñar, yo me tenía que levantar a las 4 de la mañana, prender los faroles, y el capataz dijo ‘a este me lo voy a arreglar yo’, él creía que no iba a aguantar, yo seguí nomás, me levantaba a esa hora, hacía limpieza, le daba comida a los animales, maíz cocinado y pasto, y preparaba todo para que estuviera listo para las 6 cuando comenzaban los ordeñadores, y como en septiembre me dijo el capataz ‘levántese a las 6, junto con los ordeñadores’, y yo le dije ‘yo no aflojé, aflojó usted’. Recuerdo que había mucho abono para sacar, unas rimas (NR: Montón) grandes hasta arriba, y había un carro y dos yeguas frisonas, grandes, y con eso comencé a trabajar, le metí sin parar y saqué todo, hasta el barro, no dejé nada, era un trabajo pesado, duro.
Luego llegó un veterinario, muy buena gente, me enseñó  a poner inyecciones, me decía como era todo. También recuerdo que el pasto lo traían de Bahía Blanca, venía sementín, todo para la comida de los animales, lo traían en buque o en barcaza.
¿Hasta cuando estuvo con esa labor y qué hizo después?
Estuve hasta el ’59 en el tambo, y después me fui a trabajar a (Estancia) Harberton, tenían 18.000 animales de esquila, fui de esquilador, me fui así nomás a ver si me daban trabajo y me dieron enseguida, ahí esquilábamos menos por día, porque no se bañaba la hacienda porque tenía mucho beri, una cosa que sirve para hacer jabón, por eso no se bañaba el animal, y con eso llegábamos a esquilar 150 ó 160 animales por día.
¿Cómo es el trabajo del esquilador?
Es pesado, lo que tiene que tener es aguante es la cintura, uno tiene que aguantar al animal, cuando lo patea y todo eso, se hace agachado, encorvado desde que comienza hasta que termina, se comienza a esquilar por el pecho, se limpia el pecho y se empieza de la paleta cuando se tiende el animal, después se da vuelta y sigue el lomo.
¿De quién era Estancia Harberton?
Los patrones eran los Bridge, los mismos que de Viamonte.
¿Cómo era esa zona?
En invierno nevaba, pero está en la costa del Canal Beagle, cuando había marea alta llegaba a 15 ó 20 metros de la cocina el agua, y a veces entraba en el galpón, teníamos que levantar los fardos para que no se mojen.
¿Cuánto estuvo allí?
Estuve un año como esquilador y después me pusieron en la cocina, de cocinero, había aprendido a cocinar de andar mirando en Ushuaia en la Aeronaval, era conocido ahí y yo iba a mirar lo que hacían los suboficiales cocineros, y ahí aprendí, cuando se fue el cocinero que había en Harberton me pusieron a cocinar por unos dos o tres días hasta que fuera otro, iban a venir a buscar a Río Grande o a Ushuaia, y los otros compañeros del trabajo le dijeron que me dejen a mí, que no buscaran a nadie, y estuve 9 años en total.
En ese tiempo había de todo, abundante, se daba cordero, en tiempo de esquila se comía puro cordero nomás, y tenían una buena quinta, se cosechaban 90 bolsas de papa, y de todas las verduras, frutas, zanahoria, lechuga, y tenía un invernáculo chico también, salían unos pepinos grandes, ajos, muy linda tierra.
En las vacaciones me iba a Ushuaia, porque tenía conocidos allí, me iba de a caballo, ese era el medio de movilidad, después comenzaron a andar las lanchas, las pesqueras o las lanchas de la Subprefectura, que iban a estar 3 ó 4 días a Harberton, muy buena gente la de la Subprefectura, y con eso nos íbamos a Ushuaia.
Luego de esos años pedí aumento y no me quisieron dar, entonces dije que trabaja hasta tal fecha y me retiraba, y así fue.
¿Le gustó haber estado en Harberton?
Sí, me gustó, me gustaba el paisaje, el mar, y también íbamos a buscar flechas a donde estuvieron los paisanos, los onas, donde había un montón de conchillas ahí cavábamos y sacábamos de abajo huesos de ballenas o de lobos. En ese lugar las ballenas morían solas, varaban todos los años dos o tres, cuando las corren las orcas desesperadas iban a esa tierra y allí morían, nosotros cuando varaba alguna le sacábamos el cuero y la carne para comer, es buena, como la carne vacuna, pero tiene carne en la aleta nomás, lo demás es pura grasa.
¿Qué hizo luego?
Me vine a trabajar a Ushuaia en la empresa vial Trefao, una empresa que fue la que hizo la huella de acá a Ushuaia, ahí estuve alambrando, y después ahí perdí la vista.
¿Qué fue lo que sucedió?
Cuando estaba trabajando, había un palo, un varón grueso, que lo había arrastrado la topadora, y yo dije ‘lo voy a cortar y me va a dar cinco postes’, y lo vi que estaba muy cimbrado, y me dije que no lo iba a cortar porque ‘capaz que se reviente’, y me subí arriba del palo y lo toqué con el hacha tan afilada que uno trabaja y lo toqué así nomás y reventó y me tiró como cinco metros, y fui a golpear contra un tronco y me rompió la cabeza, me hundió el hueso, no sangró, y ahí quedé, estuve como 4 ó 5 horas tirado ahí, mis compañeros estaban más lejos abriendo una picada y yo en ese lugar solo, me saqué las puntas de los huesos para arriba, las arrancaba, me paraba y mareado me caía, suerte que tenía un perrito chiquito, cachorrito y ese me llevó hasta el campamento, se llamaba Porteño.
Ahí me curaron, tendría que haber ido al pueblo o a Buenos Aires, pero no fui nada, y a los tres meses perdí la vista del ojo derecho y al año me atacó el otro, y de eso me mandaron a Gallegos, ahí me operaron porque se me había despegado la retina y quedé bien, recuperé la vista, me dijeron que no tenía que trabajar por un año o dos, pero después tuve que trabajar, como a los cuatro o cinco meses me vine a alambrar, y ahí perdí otra vez, veía arriba y abajo, me llevaron a Buenos Aires y allá me quemaron la vista con el rayo láser, en lugar de solucionarme le problema me perjudicaron, eso fue en el año ’63.
¿Cómo siguió su vida ya sin la posibilidad de ver?
Estaba con unos conocidos, después me trajeron acá al Hogar (de Ancianos) una asistente social, yo no quería venir, pero me dijo que iba a estar bien acá, y vine cuando todavía no había abierto el Hogar, porque estaban pintando, poniendo los vidrios, me trajeron al Hospital, éramos 8, yo era el más joven, nos trajeron el 1º de diciembre, y el resto de los 8 que vinimos estuvieron algunos un mes, otros dos, otros un año, otros cuatro y se fueron, me quedé yo solo y estoy todavía.
Debe recordar a mucha gente que pasó por este Hogar...
Acá han muerto muchos, más de cien, y de los que han estado a cargo del Hogar recuerdo a Don Vicente Ferrer, él fue un hombre muy bueno para nosotros, muy buena gente, como él no hubo ninguno; cuando yo quería irme de vacaciones me daba ropa, me daba plata, y yo me iba a Ushuaia o a Punta Arenas, a ver amigos y familiares.
¿A su lugar de nacimiento no volvió nunca?
No, desde que me fui a los 17 años nunca volvía a estar ni con mis padres ni con mis hermanos, en el terreno de mis finados padres tengo a mi hermano más chico, cuando yo salí él tenía un año y medio, a las que he visitado son a unas hermanas que tengo en Punta Arenas.
¿Ni por carta ha mantenido contacto?
Sí, les he mandado cartas, ahora hace mucho que no les escribo, siempre estoy que quiero ir pero la plata no alcanza...
¿Cómo pudo superar el hecho de perder la vista?
Primero veía un poco de un ojo, pero luego no, uno se siente triste, pero nunca perdí mis ganas, acá ando solo, voy, vengo, conozco el lugar de memoria.
¿Qué imagen guarda de cuando tenía la posibilidad de ver?
Mis trabajos de ovejero, andar en el mar, eso me gustó mucho, siempre lo veo en mi memoria, me gusta mucho el mar; debe ser porque nací en la costa del mar, cuando tenía 4 ó 5 años y nos embarcábamos en un bote mi finado padre me tiraba al agua para que nade y aprenda a salir.
¿Qué recuerda de su padre?
El vino también a la Argentina en el año ‘16, vino a Río Grande, decía que no había nada, unas cuantas casas nada más, trabajó en María Behety, en la Sara, y también estuvo en el año ’32 cuando fueron los grandes nevazones en que murió casi toda la hacienda, la oveja es más dura, aguanta, aguanta hasta 20 ó 22 días sin comer, después se ponen ciegas, el caballo aguanta menos, igual el vacuno.
Él trabajaba en la esquila y en el frigorífico, había mucho trabajo y pagaban bien.
Si tuviera la posibilidad de volver a ver, ¿qué le gustaría ver?
El mar, estar ahí, trabajar con las cholgas, con todo eso.
Recuerdo que antes en Bahía Aguirre había aserradero y yo iba ahí, un año se rompió la chata que llevaba las maderas y el buque, no recuerdo si era el Bahía Thetis o el Bahía Aguirre, que estaba para cargar la madera y ese perdió el ancla con 50 metros de cadena y pagaban 50.000 pesos al que pudiera encontrar la cadena o rastrearla, pero no se puede ahí porque calma un rato y cuando vuelve la marea se pone malo el mar, no se puede aguantar el mar y hay mucho cochayuyo, un alga, recuerdo que una vez vinieron los japoneses, la sacaron toda y lo envasaron.
¿Qué cosas le hubiera gustado hacer si no hubiera perdido la vista?
Uno cuando anda bien, cualquier cosa le viene bien, esquilar, carnear, llevar arreo, el que trabaja en el campo hace todo eso, me gustó siempre el campo, amé la vida al aire libre, andando en el campo lo primero que uno se compra son dos lonas, una para tapar las pilchas y la comida que uno trae, y otra lona larga para taparse, esas que no les pasa el agua; siempre anduve de a caballo.
Le gustan mucho los animales...
Sí, me gustan los perros y los caballos, si tuviera una parte donde estar ahora... me gustaría tener un perrito, le haría una buena casilla, me gustan mucho los animales, pero ahora no puedo.



Ficha Personal

José David Coihuin Coihuin, nació en la isla Quehue, del archipiélago de Chiloé, Chile, el 16 de agosto de 1923. Nunca se casó. Vive en el Hogar de Ancianos desde hace más de 30 años. Se hizo ciudadano argentino y tiene una Pensión de Arraigo y de PAMI. Sufrió de hidatidosis “por comer carne cruda, cuando uno anda en el campo la cocina así nomás”, y por ello tiene muchas operaciones, y “he sufrido mucho”.



EDUARDO CESAR PETRIZZI: Al final a mi me gustan las gordas



Una nueva entrega de un trabajo de este narrador radicado en Ushuaia, nos da espacio a la alegría y el optimismo, si se quieren las "locas ganas de vivir", de un hombre que esta solo, y no espera.


Yo le decía al Chochi: “A mí no me presentés gordas porque no se me eleva el ánimo” y el Chochi insistía con querer presentarme a la Beby, su prima, hija de la tía Coca. La verdad que a mí, si me daban a elegir, me inspiraba más la tía Coca que la Beby.

Bueno, la cosa es que un día se arma una partusa con los amigos de la Coqui, la hermana del Chochi, y me invitan. Yo no tenía muchas ganas de ir, pero como con el pago de la quincena me había comprado una camisa floreada  de mangas largas con puños color violeta. Entonces me dije: “Me la estreno el sábado y listo”. Te digo, eso fue lo que me motivó, no la calentura de ver las minas en la fiesta, porque después de haberme enojado con la Zulma, andaba de capa caída, -otra esa, con la angustia oral se le daba por el Mantecol y las milangas a la napolitana; en tres meses cambió tres veces de talle- pero esa es otra historia.
Yo los sábados siempre limpio la pieza, porque en la semana vengo reventado del taller y no  me dan ganas de nada, me cocino algo rapidito y al sobre. Los fines de semana si pinta algún asadito, con entraña y unos choris, entonces con eso, equilibro la dieta de la semana. La verdad que estoy bastante en estado, porque me cuido, nada de cosas raras; para mí la comida debe ser natural: huevos fritos, embutidos, y pastas… todo natural.
Bueno, como te iba diciendo, me preparé para la fiesta, la camisa planchadita, los piel de durazno sin ralla y botamanga pata de elefante, me preparé los timbos con tacos y  la colonia  Aqua Velba, (la agité un poco para que se mezcle bien el aroma). El Chochi me dijo, cuando a la mañana mateábamos en el taller, que la Beby se iba hacer la toca y todo, para estar pulentería para la noche. Yo me hice el gil. Pero insistió con que la Beby estaba un budinazo, y que le había dicho la Coqui, había ido a la tienda de la Marta a elegirse unos calzones blancos que la rompían, que se los pagaría cuando cobre en el kiosco, y yo le dije al Chochi que los regalos de ese tipo no me gustaban, que yo solo puedo procurarme una naifa, pero que iba a ir de todos modos a  la fiesta… a mí no me gusta prometer y no cumplir.
Y me aparecí media hora más tarde del inicio de la fiesta, porque a mí me gusta que cuando llego a un lugar todos me miren, y en esas miradas estaba la del Beby. Yo no quise darle corte, pero en verdad la miré de reojo, y la gorda, por decir, estaba buena, qué se yo, no sé cómo explicarlo, pero las curvas que tenía, me llevaban de un lugar a otro de su cuerpo. Yo no quise insistir porque recién entraba, pero me le senté casi enfrente, ella se servía y me miraba, yo en un momento le serví clericó y se me ocurrió improvisar un brindis y con la Beby chocamos las copas, y uno dijo, “Pero hay que mirarse a los ojos..”, y yo la miré a los ojos, pero después mi mirada se calló entre esas dos montañas y creo que como te dije antes, esos caminos me llevaron a su cintura y a su curverío que me mareó y ella se dio cuenta, pero yo me hice el gil, y ella me fusiló con esa mirada de fuego y yo me empecé a incendiar, pero me dije: “ estoy loco, mirá yo con la Beby, ¿de dónde?”… Y bueno, la noche iba avanzando y la fiesta se iba poniendo caliente, hasta habían contratado a un amigo del Chochi para que pase música, y entonces la Coqui, se para y dice: “¡¡¡Ahora todos a bailar con la persona que tienen enfrente!!!”, y yo la tenía enfrente a la Beby, y bueno, la miré, me miró y subiendo los hombritos me dio a entender que teníamos que bailar
Yo estaba medio colocado con el clericò y un gancia que me había inyectado en casa para darme coraje. Y la tomé de la cintura, mi mano se entremezcló entre el elástico de la enagua y tal vez la bombacha, no lo sé, pero me gustó y le hice sentir la presión, para marcar presencia.
Se apagaron las luces y pusieron un tema de Aldo y los Pasteles verdes, y de ahí engancharon con los lentos. Estaba algo mareado que no sé si pasaban un tema o cinco seguidos, pero  estaba navegando en el colchón del cuerpo de la Beby, y parece que en un momento -eso me lo contaron- todos hicieron ronda y nosotros bailamos para ellos, algo así como en una baldosa, apretaditos, como tres piezas de barry guai. Perdí la noción del tiempo y en un momento, los parientes del Chochi y la Coqui se habían ido, era tarde, y yo amarrado a las zonas sinuosas de la Beby,

En un momento, viene el Chochi y me dice; “Lito, los del salón están por cerrar” y yo le contesté: “Chochi, dejame que me estoy enamorado,” y la Beby me escuchó, me tomó de la mano y me llevó a su casa, vivía sola y sobre la mesa había una sorpresata y dos vasos. Creo que la Beby te lo juro… no era tan gorda.

En la foto: El autor junto a Horacio Pico, quien lo trajo a la Casa de Obligado.

Miguel Bersier: Construyendo conciencia


En el interín de un trámite ante el ANSES iba escuchano Nacional y en su emisión que se realizaba desde la filial de Esquel apareció El Cholo Gómez Castañón recordando que en esa misma emisora, por 1968- hacía con Miguel Bercier ("operador y locutor") un programa destinado a fomentar los recursos turísticos de la provincia del Chubut bajó el título de Construyendo conciencia.

Que bueno, pensé, que allá aprezca alguien que lo recuerde. Aquí en Río Grande fue el director de LARA 24 entre 1977 y 1991. Se fue en medio del achique del estado que imprimió Menem, afectando incluso a él que se mostraba como su simpatizante.

Me detuve un momento en la marcha del auto y esperé que el periodista, ahroa porteño, acompañado por Estela Murúa, en otro momento también locutora en Río Grande, sus reflexiones sobre ese momento del cual sabía por algunas referencia de quien fue nuestro jefe, y que en alguna medida trató también de que se ejerciera lo mismo en nuestro lugar.

Refeljo de eso fue lo que por años resultó ser el CORREDOR TURISTICO que pretendió unir en mismo programa en vivo, las informaciones procedentes de las emisoras de Ushuaia, Río Gallegos, Calafate y Río Turbio.

Y más tarde, los enlaces semanales entre Presidente Ibañes de Punta Arenas y nuestra LRA 24.

Busqué una foto de Miguel, y encontré esta, operando la primera PC de la radio, por 1991. Bersier había nacido en Suiza, el 16 de diciembre de 1933.